RESEÑA

LECTURA DE PRESENTACION DE EL INTERPRETE

LA VIEJA ESTACION, LA PLATA, AGOSTO 1998

 

 

Néstor Ponce. El intérprete. Rosario, Editorial Beatriz Viterbo, Biblioteca Ficciones, 1998; 273 págs.

 

   La novela que acaba de editar Beatriz Viterbo fue la ganadora del Primer Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes. Cada vez más, los premios literarios se encuentran bajo sospecha: a menudo todo parece indicar que los contratos previos o las presiones del mercado tuercen la buena voluntad de quienes figuran como jurados. Nadie podría suponer que operaciones de este tipo llevaron a premiar a la novela de Ponce. Y esto por la sencilla razón -o no tan sencilla- de que se trata de una novela extraña. Cualquiera podrá suponer que estoy hablando de una novela que ostenta los típicos gestos del vanguardismo y la experimentación. Pero se trata de otra cosa.

   La novela transcurre en Buenos Aires hacia 1870. Un joven culto porteño, educado en liceos franceses, vive solo rodeado de criados y se gana la vida mediante un curioso contrato. Un ex-juez, cuyo apellido evoca a la creme de la oligarquía terrateniente, ha traído desde Francia a una bella joven de quien está enamorado. Como la francesita desconoce el español, para poder dialogar con ella, el viejo ex-juez contrata al intérprete. Este personaje central, este intérprete, no tiene nombre y cumple una doble función: por un lado, es el traductor de los diálogos entre el viejo y la joven; por otro, es un narrador verborrágico y omnímodo, dado que toda la novela brota desde ese inequívoco lugar de enunciación. Con un cuidado impresionista en la reconstrucción de los sutiles efectos de luz y sonido, el narrador nos presenta la vieja casona colonial en donde transcurren los encuentros. Esta puesta en escena sólo hace presuponer algún avatar de índole pasional; sin embargo, alrededor late la ciudad. En 1871 se desata en Buenos Aires la epidemia de fiebre amarilla, y como un alud que acelera el tempo narrativo, en la novela se acumulan imágenes de suciedad y muerte, cadáveres en descomposición, violentas convulsiones de los enfermos, periódicos que ocultan lo que ocurría, jóvenes higienistas que debaten sobre los métodos para combatir el mal, políticos que emigran, etc. Así, la novela transcurre en una suerte de contrapunto entre un adentro coloquial, idílico y perfumado, y un afuera en donde impera el caos, la confusión y la muerte. Hasta aquí, el diseño argumental.

   En la presentación del libro que se hiciera en Buenos Aires, el escritor Vicente Battista advirtió: “No se trata de una novela histórica”. En esa afirmación existe un recelo evidente contra el género, con el cual comulgan varios narradores, en especial aquellos que a menudo han trabajado en sus novelas materiales que provee la historia. Andrés Rivera afirmó que él no escribe novelas históricas, sólo novelas; Eduardo Belgrano Rawson la calificó de “género abominable”; y Juan José Saer dijo que la novela histórica es, lisa y llanamente, “una imposibilidad epistemológica”. Semejante toma de distancia con lo que parece ser un género insano tiene que ver, a mi juicio, con la creciente generalización y difusión de una forma trivializada de lo histórico, que abunda en historias secretas del prócer, amores ocultos del general, biografías no autorizadas de la heroína y vicios inconfesables del estadista. Creo que lo que diferencia a los grandes ejemplares del género de sus formas trivializadas es la función.

   En efecto, la novela histórica tuvo desde su origen una doble función:

   a) El discurso historiográfico suele operar con grandes síntesis: qué es lo que resulta significativo y qué resulta desechable. Ya no quedan dudas acerca de que -aunque sea realizada con el mayor rigor- esa operación es profundamente ideológica. Si la novela histórica suele recuperar lo desechable también producirá una operación ideológica. Roland Barthes ha demostrado que no existen diferencias de fondo entre el relato histórico y el relato novelesco, sólo que el segundo construye de un modo  distinto  su  referencia, ya  que  ha  abandonado el prestigio del “ha ocurrido”. Primero, entonces, recuperar los deshechos de la “historia oficial”.

   b) Aunque parezca paradójico, la novela histórica se ha revelado como un idóneo instrumento para hablar del presente. A menudo se buscan en zonas de la historia momentos que  -ya sea por analogía o por una relación de causa-consecuencia- resulten particularmente significativos para la lectura de la realidad presente. Reconstruir una historia con los deshechos de la “historia oficial” es un modo político de establecer una nueva genealogía del presente.

   Si se piensa en esta doble función del género en la literatura argentina de nuestro siglo, habrá que pensar una línea que va desde Zama, la novela de Antonio Di Benedetto de 1956, hasta El farmer de Rivera, pasando por textos muy disímiles como El entenado de Juan José Saer y Ansay de Martín Caparrós.

   Ahora bien, esta digresión sobre la novela histórica se justifica porque El intérprete se incorpora, en mi opinión, a esta genealogía de novelas que aprovechan al máximo esta doble función del género. Porque reconstruye con un esmero historiográfico nombres, momentos  y lugares en los que la historia oficial no gusta detenerse, y porque aquellos ‘70 evocan de manera inequívoca “nuestros años setenta”. Cuando la epidemia de muerte se expande, hay personajes que se esfuerzan en negar la realidad: eso ocurrirá en zonas marginales, dicen, pero no nos va a ocurrir a nosotros; otros debaten si conviene quedarse o hay que optar por emigrar; el establishment evita multiplicar gestos de desesperación y conserva su rutina para no despertar el pánico. ¿De cuáles ‘70s estamos hablando?. Néstor Ponce, joven estudiante de letras en La Plata, debe recurrir a un exilio forzoso en 1976 ante la persecución de las fuerzas represivas de la dictadura. Termina sus estudios en Francia: actualmente enseña literatura en la Universidad de Angers y en la École Polytechnique. El intérprete recorre un camino inverso: se forma en Francia y regresa, pero la peste lo pone nuevamente en la disyuntiva de irse o de quedarse. Con sutileza, con claves desparramadas a lo largo de su cuidada escritura, la novela nos habla del pasado y nos habla de nuestra historia reciente, y la frialdad del dato de archivo se encarna en los pliegues de un relato atravesado por la impronta autobiográfica. Quizás por esta razón es que la novela se transforma, además, en una profunda reflexión sobre el poder sin hablar demasiado sobre el poder. La novela latinoamericana ha consagrado cientos de páginas a las más clásicas imágenes del poder: los déspotas luciferinos, los tiranos inverosímiles. En El intérprete, el poder es una realidad discursiva. Sobre el final de la novela, el personaje afirma: “Toda mi vida no he sido entonces más que esto: un vulgar y somero repetidor de palabras ajenas. Y el que destila el alambique de frases y frases es el que domina, el poderoso (...) El destino no ha querido eso para mí” (p. 272). Sin embargo, la historia narrada nos llega desde esa posición y no de otra. La voz del poderoso se halla traducida, tamizada, resignificada por el que narra, el anónimo, la voz impersonal que se alza para dar testimonio, una y otra vez, de una historia escamoteada.

 

 

                                                                               José Luis de Diego

                                                                  Universidad Nacional de La Plata