Trasladarse y traducir: itinearios de la lengua en la literatura argentina trasnacional
Armando V. Minguzzi
(Universidad de Buenos Aires)
(a publicarse en: “Literatura transnacional argentina”,
EESSH, Sevilla, España, 2007)
Es habitual, cuando de pensar lo trasnacional o el exilio se trata, hacerlo en clave lingüística, obviamente desde una posición cercana al reconocimiento de la diversidad o convivencia de lenguas y sus fronteras y los problemas que ello trae aparejado. En este caso, más allá de asumir dicho universo diferencial, lo que se pretende es un acercamiento crítico que permita revisar, en los textos, concepciones del lenguaje, es decir recorrer el pensamiento en torno al funcionamiento lingüístico que aparece en esta producción literaria, gestada desde latitudes diferentes pero habitada por un espíritu de claro sabor argentino. En este sentido, vamos a trajinar el espacio de dos novelas de autores argentinos que narran desde distintas posturas en lo que hace a la lengua y su funcionamiento, y que, además, sitúan sus obras en ámbitos urbanos diferentes: ellos son Néstor Ponce y Carlos Sampayo. Del primero, que vive en Francia desde fines de los setenta, tomaremos la novela El intérprete, ganadora, en la Argentina, del premio del Fondo Nacional de las Artes de 1997 y ambientada en la Buenos Aires de la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Del segundo, residente en Barcelona, elegimos El lado salvaje de la vida, cuya trama se desarrolla en una ciudad de la instalada prosperidad catalana y que tiene a varios personajes argentinos habitando dicha historia.
Tal vez llame la atención, ya desde el título de este trabajo, el uso de un vocablo como itinerario, sobre todo cuando de dar cuenta de algunas formas de entender la lengua es de lo que se está hablando, pero quizá esta travesía, cuyo recorrido implica dos lugares, sea una buena manera de adentrarnos en algo que está implícito en esta literatura construida en lejanía: la experiencia de lo extranjero en clave lingüística. Dicha percepción se hace presente tanto cuando quien escribe y vive en una de las variedades del español toma conciencia de que su lengua es una parcela de la comunidad de hispanohablantes, como cuando una persona se percibe, en su habitual comportamiento comunicativo, formando parte de un espacio fronterizo en donde traducir y cotejar dos lenguas nacionales es la marca cotidiana.
El lenguaraz en Ponce: del intérprete porteño al interpretante peirciano
En la novela de Néstor Ponce podríamos decir que el lenguaje es casi uno de los personajes centrales. El relato tiene como epicentro de su desarrollo a la traducción e interpretación que el narrador en primera persona debe realizar para que el ex juez, Don Matías Unzué de Álzaga, se comunique con la joven Aude d´Alençon, una francesa pelirroja de gran belleza que llega a Buenos Aires invitada por el viejo funcionario. La narración en primera persona da cuenta de esa malla comunicativa triádica que se establece entre la mujer, el viejo juez y el argentino hijo de franceses que se hace cargo del relato. Es este último quien lleva a cabo la tarea de ser el intérprete de los monólogos de Don Matías Unzué de Álzaga o de algunos de los intercambios que se dan entre la pareja:
“... me aplico en respetar la sutil emotividad de las entonaciones con que el viejo impregna sus inflexiones porteñas. Los matices, las nuances, se afilan en el mediodía de Buenos Aires. Traduzco inmóvil, casi ciego, vacía la mirada en los travesaños cuidadosamente pintados [...]. El viejo ha terminado su larga perorata y la señorita D´Alençon tuerce su pálido rostro oval hacia mí. Para mí, también, son sus primeras palabras de agradecimiento y de felicitación. Habla usted, comenta, como en los más elegantes salones parisinos, sonríe, pero en seguida cambia de tema e inicia una larga respuesta llena de fórmulas de cortesía que no encajan del todo en nuestra lengua telúrica. Quiero doblegar los agradecimientos para hacerlos entrar en el chúcaro idioma de los argentinos, los pliego y los suelto con cuidado [...] (p. 10).
Lo triádico queda en evidencia unas líneas después, cuando el narrador sigue a la extraña pareja que forman la mujer francesa y el viejo porteño a través de la casa: “yo los sigo a medio metro: formamos casi un triángulo en cuyo vértice final me asomo para intercalar las traducciones”. A lo largo de la novela las palabras a ser traducidas por el narrador son mayoritariamente las del ex juez; ante dichos vocablos el personaje femenino tiene distintas reacciones, que van desde la más absoluta mudez y una cuidada cortesía, hasta el asentimiento que vamos a rescatar en el final de la historia.
Ahora bien, si de pensar en una relación de lenguaje en donde el número por excelencia sea el tres se trata debemos, inevitablemente, recaer en la obra de uno de los fundadores de la semiótica moderna: Charles Sanders Peirce. El desarrollo de la teoría de este pensador supera la instancia dualista en lo referido a concepción del signo lingüístico e instala lo triádico. Para él el signo o su “representamen” es o mejor dicho funciona, en ese marco tripartito en el que los signos se desarrollan, como “un primero que está en una relación triádica genuina con un Segundo, llamado Objeto, como para ser capaz de determinar a un Tercero, llamado su Interpretante”, una imagen que aparece en la mente de quien recibe o lee el signo inicial. Más allá de esta definición de su funcionamiento es clave, en lo referido a la instancia comunicativa que su devenir representa, retomar las palabras de este autor para exponer más acabadamente el criterio selectivo y de mediación que subyace en el acontecer de lo sígnico:
“[...] el signo es algo que está para alguien en lugar de algo en cuanto a algún aspecto o capacidad. Se dirige a alguien, es decir, crea en la mente de esa persona un signo equivalente o, quizás, un signo más desarrollado. Al signo que crea lo denomino interpretante del primer signo. Este signo está en lugar de algo que constituye su objeto: está en lugar de ese objeto no en cuanto a la totalidad de sus aspectos, sino respecto de una especie de idea, que a veces he denominado el ground de la representación”
La idea de intermediación que se ve detrás de este desarrollo teórico (un signo o representamen está triádicamente entre el objeto y su interpretante) nos sirve para situarnos ante el funcionamiento de la lengua que aparece en este texto. Quien traduce del español hablado en la Argentina al francés es un intermediario. Ahora bien, volviendo al plano teórico peirceano y haciendo un paralelo con el texto, está claro que la relación del representamen o signo con el objeto no es lineal. No es atrevido pensar en el ground como una especie de selección, un trabajo en donde el lenguaje o quien lo emplea opera eligiendo, del objeto, solo alguno de los aspectos a representar. Con respecto a esto es importante señalar cómo, en la novela, la acción de traducir encarada por el intérprete aparece descripta: “Traduzco, interpreto, me concentro en la curiosidad de las inflexiones, en la algarabía de algún adjetivo, en el rencor de una condena (p. 184)”, o, para ser más específicos, cómo detrás de esta actividad existe sobre la lengua una labor artesanal: “Traduzco, se agita imperceptible la voz del viejo ex juez. Busco el tono justo, el equilibrio de un adjetivo, la ingravidez de un adverbio, la tozuda tensión de un complemento, la calculada repetición de un verbo (p. 211)”.
En definitiva, el trabajo en donde, como decíamos del ground, el lenguaje opera o, mejor dicho, donde quien ejerce de vía de una lengua a otra articula lo pertinente es el espacio donde el intérprete se hace presente. Él hace posible el traslado, es decir el funcionamiento del lenguaje en clave de semiosis.
La intermediación que se señala tiene un problema, detectar quién es quién en esta tríada. Las idas y vueltas de la seducción implican cambios en la identidad del objeto (¿podríamos decir del deseo?) y del interpretante, el viejo mayoritariamente es el que es traducido y quien maneja los tiempos del intercambio comunicativo, aunque algunas veces quien domina parece ser la mujer. En el intérprete quedan las huellas de esa pugna, en cuanto a la posesión que sobre él, que es lenguaje en acción, ejerce el ex juez:
Como un parásito el viejo iba adueñándose de mi sangre, de mi cuerpo, de mis sentidos, me iba succionando los años mozos, lo que me quedaba de tiempo, y se nutría así cada mañana en su ritual sangriento. Eso era, era yo su esclavo, su prolongación, su voz (p. 64).
En cambio, cuando es la mujer quien ejerce su dominación se manifiesta de otra manera. El narrador aclara, con respecto a esta posesión dubitativa, lo siguiente: ”En su silencio Aude domina, nos domina. Es ella la que mueve los hilos, ¿no lo ha comprendido aún este fantoche de viejo pretencioso? Es ella la que nos conduce con su andar de gacela hacia un destino sin límites (p. 184)”, y más dramáticamente señala: “No existo para ella, no he existido nunca, me ha reservado el papel de polichinela, del fantoche, del decorado entre las porcelanas de la alacena (p. 189)”.
Sin embargo, a lo largo de esta obra va quedando claro la labor de selección que el representamen o signo encarnado en un porteño hijo de franceses realiza. Se elige traducir adecuadamente: el tono justo, el equilibrio de un adjetivo son las estrategias por las cuales el intérprete traslada el discurso del juez a los oídos de la mujer que vino de Francia.
Si imprimimos, sobre esta ficción, la matriz peirceana podemos decir que el objeto es el discurso de ese viejo, una enunciación de la más rancia tradición de la patria. El representamen o signo está encarnado en la labor del intérprete y el interpretante se hace visible en las acciones o respuestas de la mujer. Ahora bien, más allá de que las particularidades de este circuito lingüístico estén muy presentes en la novela podemos decir que, para profundizar aún más en ese perfil peirciano con que venimos encarando el análisis, tanto el objeto del signo como el interpretante para este pensador contemplan categorías en las cuales ambos tienen una existencia eminentemente discursiva. El objeto inmediato es, según este autor, el objeto tal como lo reconstruye el signo en su devenir, es decir en su funcionamiento discursivo, y en el caso del interpretante se habla de un interpretante dinámico para aludir al que “es experimentado en cada acto de interpretación”, para ser más claros podemos decir en cada circunstancia discursiva real. En este sentido es claro lo que acontece con este relato, el viejo ex juez es su discurso, y Aude, como muchas veces se señala en el texto, es una mujer “hecha con las palabras de otros”. En ambos casos dicha naturaleza discursiva responde a las instancias objetuales y de interpretantes antes referidas.
Es posible observar este circuito sígnico a lo largo de toda la novela, su desarrollo, sin embargo, contempla hacia el final cierta variación. En los dos últimos encuentros que se producen entre los protagonistas de esa relación triádica, el primero es una visita donde el traductor verifica el estado de la enfermedad en el viejo juez y el segundo es una visión onírica donde la pareja decide envenenarse, aparece cierta igualación entre Aude y Don Matías Unzué de Álzaga, o mejor dicho cierta identificación de sus acciones que terminan fundiendo sus destinos y sus roles en el acontecer discursivo aquí planteado. Algo de esto ya había sido adelantado en el texto, cuando el narrador retoma las palabras del viejo funcionario argentino ante la amenaza de la peste y la situación de Aude:
Usted y yo estamos al margen del tiempo y de la edad, podemos construir y destruir lo que se nos antoje, porque la amenaza de la peste, de esta bendita peste, nos pone en un plano de igualdad puesto que no existe el futuro, apenas se estremecen el aquí y el ahora (p. 148).
Como bien dijimos, el plano de igualdad producido por la imposibilidad del futuro preanuncia entonces la identificación entre la mujer francesa y el juez que se da en el último de los dos encuentros en donde la direccionalidad de la semiosis varía. En el primero de estos el narrador protagonista termina definiendo a los otros dos personajes de ese tridente sígnico que ha establecido la novela de la siguiente manera: “ya ni siquiera se despiden de mí los dos vampiros que se quedan mirándose a los ojos, tendiendo el puente de un alimento común (p. 267)”.
En el segundo y final conciliábulo del terceto Aude y Don Matías terminan, como dijimos, suicidándose ante el avance de la fiebre amarilla. El narrador recupera, apelando al discurso indirecto, la decisión de la mujer que, ante la invitación a beber el veneno, dice: “por supuesto, Señor, ¿cómo podría ser de otra manera?“. El narrador, sólo unas líneas más adelante y ante la misma decisión, se distancia, no participa en la toma de la pócima a la que Aude se había plegado: “La dejo hacer, la dejo elegir, yo, que nunca he elegido nada, que me he limitado toda mi vida a repetir las palabras de otros. De alguna manera, de algún modo, de manera oscura e incierta, elijo, escojo”, y los termina igualando con una frase en donde se adivina su pasiva participación en tal desenlace:
Bebe, bebe. bebe.
Me devuelve la taza. Queda aún suficiente para una persona, para matar a un burro.
Han pasado horas, los dejo apagarse (pág. 273).
El proceso mediante el cual ambos personajes terminan siendo una unidad sale a la luz, en el primer encuentro los “dos vampiros” comparten el alimento, casi podríamos decir que es una forma de preanunciar el segundo, donde lo que se comparte es ese alimento de la muerte que es el veneno. A ambos, el narrador los deja apagarse, y se despide ordenándole al lacayo de librea que “no despierte a los señores”.
Los dos personajes pasan a ser un binomio cuya ligazón es demasiado fuerte para verlos por separado. De un seguimiento a esas dos figuras, que intentan comunicarse mediante un intérprete, llegamos a esta instancia en donde la pareja es una unidad. En clave de la matriz peirciana que venimos utilizando podríamos decir que ahora ambos funcionan como el objeto de ese representamen o signo que sigue siendo el narrador, solo que a esta altura él debe ir en busca de un nuevo interpretante, de un nuevo actor o actriz que asuma el papel de cerrar el circuito sígnico propuesto por la malla semiótica. La novela termina con el abandono de la casa del viejo juez por parte del argentino hijo de franceses, atrás queda esa pareja muerta. La salida de la casona postula otro espacio, el narrador lo hace evidente: “Buenos Aires me recibe como las fauces de una loba en celo”. La cadena semiótica se reordena, en una punta, en el inicio, el objeto que es esa pareja de suicidas; en la posición intermedia, como siempre, este franco-argentino que manipula el lenguaje y, en el otro extremo, la ciudad: una Buenos Aires llena de voces que en la novela se materializan y son tamizadas por el narrador, ella es el ámbito espacial devenido interpretante que hace posible la continuidad de la semiosis.
Sobre qué tipo de palabras y frases son las que habitan la metrópoli y hacen posible el devenir semiósico es importante resaltar que, más allá del francés diseminado en todo el texto, aparecen palabras en inglés: “que se vaya inmediatamente ese gringo [...] y que no se le ocurra jamás, never, jamais, nunca jamás volver (p. 202)”, y en italiano: “Come Paridi vezzoso / porse il pomo alla piu bella”, pero en estos casos, cuando el lenguaje extranjero se materializa lo hace bajo una impronta internacionalista de prestigio. En el caso inglés mediante el cotejo con otras lenguas nacionales, en el italiano apelando a la letra de la opera “L´elisir d´amore”, un léxico ya percibido como parte del cosmopolitismo que da brillo a quien lo posee y lo usa. Lo que resulta llamativo en esa Buenos Aires ficcional, donde aparecen mencionados periódicos de todas las comunidades, es la forma de representar las voces inmigratorias. Por el relato transitan, además de toda una gama de franceses, italianos, gallegos y catalanes, pero el retrato de sus desajustes comunicativos, que hacen a la dimensión babélica de la ciudad, no está. Sí se recupera la voz de aquellos que, como el ex juez, la mujer francesa y sus amigos son considerados sus iguales, pero no aparecen los hombres y mujeres de las clases subalternas del cosmopolitismo. Joaquín, el sirviente negro, es la subalternidad permitida; el policía francés el otro europeo que la traducción tolera. En clave lingüística la construcción de verosímil no apunta al muestreo de la diversidad y los desacomodamientos lingüísticos de los sujetos inmigratorios recién llegados al español de Buenos Aires, su marco es el de una ficción donde lo multicultural deja paso a la construcción del prestigio por parte de quien se apropia y maneja el o los lenguajes en la narración. A pesar de dicha estrategia, es decir la de mostrar obturadamente la Buenos Aires multicultural por parte del narrador y su bilingüismo, las voces que hacen al sabor argentino se le filtran. A las clásicas y mayoritariamente rurales como pulpería, mazamorra, chiripá, gurí, mate, gaucho, sotreta, bagual, humita (del quechua), calamaco (del araucano ), etc., se suman algunas de origen más urbano y lunfardas como turro, peringundín (del genovés), relojeo, malevaje y cocoliche, pero siempre enunciadas desde la voz de un narrador que o bien exhibe su prejuicio anti-italiano o deja en claro su manejo de los distintos niveles de lengua.
Quien narra, en el espacio de la ciudad, traduce y se traslada, su posición de mediador le permite escuchar y aprehender, a su paso, la metrópoli. Su misión será la de llevar a otra lengua la imagen de la patria, incluido lo prestigioso que ella y sus representantes más conspicuos han conseguido adquirir. En verdad es el narrador el tamiz por donde pasa todo lo extranjero. Él vuelca lo nativo en una lengua de allende los mares y se permite algunas pinceladas de lo que ya se vislumbraba como internacional. En esta tarea de vivir entre dos lenguas intentando no traicionar a nadie, que la novela de Ponce emprende, resulta muy útil un concepto elaborado por el filósofo Paul Ricoeur. Dicho pensador instala, en la horizonte de la práctica de traducir, lo que ha dado en llamar “hospitalidad lingüística”, y la caracteriza diciendo que se da “donde el placer de habitar la lengua del otro es compensado por el placer de recibir en la propia casa la palabra del extranjero”. La novela de Ponce tiene también una doble dimensión hospitalaria, un hablante culto de Buenos Aires esgrime el francés, pero también cobija esta lengua en su diálogo con lo porteño, un intercambio que la clase ilustrada de Buenos Aires pretendió establecer como norma lingüística privilegiada en la ciudad, y por ende en el país. Sin embargo, también se alberga en esta obra las huellas de la exclusión y sus fisuras que dan lugar a adivinar allí al otro que no pudo hablar. Podríamos agregar, en este caso, que la ficción de Ponce viene de lejos a decirnos, mediante una lógica binacional que utiliza el cotejo en tanto artificio lingüístico, como acontecieron las desigualdades en el diálogo que dio nacimiento al lenguaje que narraría, históricamente, la patria en términos de la elite porteña.
Sampayo: de los apellidos, las familias y la ciudadanía
Distinto es el caso de Carlos Sampayo en su novela El lado salvaje de la vida, este crítico de jazz y guionista de comics que vive en Europa desde 1972 no hace del hecho lingüístico la principal acción. En este texto asistimos a un uso de la lengua puesta a disposición de un entramado de parentescos y reconocimientos de ciertos sistemas de pertenencia que incluyen marcos patrióticos. En el articulado de estos ítems radica el cruce entre lo nacional y lo familiar en tanto formas del pasado que generan vínculos.
La novela gira en torno al enigma que genera la aparición, en la vida del ingeniero en caminos argentino Julio Antunes, de un personaje de la misma nacionalidad que dice conocerlo desde hace veinte años y que comienza a perseguirlo, aparentemente sin motivo alguno. En dicha persecución terminan involucrándose la amante argentina del ingeniero casada con un magnate catalán, Gloria D´Amico, el detective privado Nello Fuller y la rica heredera Reneé Ordaz. Al perseguidor lo asiste otro argentino, Eleuterio Correa alias el Mono, que al igual que él tiene un pasado como represor durante la dictadura de su país, y Hannelore, una mujer austríaca que hace las veces de ayudante y compañera.
En ese marasmo de persecuciones, encuentros y desencuentros amorosos y comportamientos delictivos se desarrolla esta ficción con fondo de policial. Por ella deambulan algunos personajes argentinos que portan consigo determinadas marcas, de cómo ellas habitan este devenir narrativo está hecha la incipiente estrategia trasnacional del texto.
En las primeras páginas de la novela se da el encuentro entre el ingeniero y su perseguidor, ante esta situación Julio Antúnes termina revisando la guía telefónica y relevando la cantidad de personas que tienen su mismo apellido para ver si existe alguna confusión: ”Abrió la guía telefónica en A. Antúnez con zeta había treinta y cinco. Antúnes con ese sólo uno y se llamaba cómicamente Otto: Otto Antúnes da Silva. Su propio nombre no figuraría hasta la edición del año próximo (p. 14)”. Algo que se va repetir en todo el texto tiene su origen aquí, la problemática aparición del apellido de este ingeniero argentino y sus variantes gráfica, escrito según él con s y no con z, que implica cierto matiz de lo mutable del origen, lusitano o hispano.
En el caso de la amante del ingeniero, Gloria, también el apellido es objeto de un comentario:
Gloria D´Amico era vistosa y de porte elegante, levemente exótica [...]. Ella le habría dicho (a su marido) que era una chica de buena cuna, dato avalado por un apellido que en sus latitudes de origen destilaba inmigración de alguna posguerra europea, pero que aquí, a fuerza de apóstrofe, abría honduras retrospectivas, el reemplazo de un Amico señor del renacimiento (p. 57).
En el apellido conviven un halo de prestigio y un abolengo trashumante con pasado de pobreza y proletarización. Estos dos personajes argentinos llevan consigo lo incierto del origen como marca. Su condición de compatriotas, que ella aduce en el primer diálogo a manera de presentación, empieza a delinear esa idea del origen incierto, o por lo menos poco claro, que será la marca de los argentinos.
El tercer personaje proveniente de dicho país y que también carga con esa huella es el ex represor, Mirco Korda, aunque la estrategia no sea la misma. En el texto se lee, centrándose en un vínculo distante y poco probable, la cercanía de su apellido con el del marido catalán de Gloria: “Al margen de la similitud fonética, no era concebible que al menos directamente el señor Cordach tuviera ningún tipo de relación con Korda (p. 205)”.
La cercanía fonética de ambos apellidos insiste con la inestabilidad del origen de lo argentino, aunque esta vez lo haga apelando a cierta vecindad familiar. Este nexo es el que, más allá de la pertenencia a una misma patria, se desarrolla en el texto. Cuando Mirco Korda va a buscar a Antunes a su casa es recibido por el ayudante del detective, Pep Carmona Fux. Para franquear la puerta el argumento es el siguiente: ”¿Tiene idea de donde puedo localizarlo?, necesito hablar urgentemente con él por un asunto de familia, un asunto grave. Noticias de su país que tengo que transmitirle” (p 141). Posteriormente el ex represor redacta una carta donde llama a Antunes ”querido primo”. En el momento en que Gloria y el ingeniero son capturados en plena carretera por Korda, ella reconoce en parte al ex represor: “ahora a ella también le era familiar el nombre que se adjudicaba el hasta el momento conocido como intruso (p. 200)”. La familiaridad que Gloria descubre tenía que ver con la historia de su país de origen y la difusión que ese nombre había cobrado en lo referido al tema de la represión durante la dictadura militar argentina entre 1976 y 1983.
Los marcos de pertenencia familiares y patrióticos se cruzan, alguien nos es familiar cuando se lo liga a la historia nacional reciente, lo relativo del origen, explicitado a través de la desestabilización del apellido, nos habla también de sujetos en cuya historia la idea de identidad, nacional o personal, se plasma atendiendo a distintas versiones de lo sabido o conocido, tal como acontece en definitiva con esta ficción, cuyo problema radica en las distintas maneras de recordar un hecho puntual. Antunes y Korda se cruzan durante el servicio militar; para el primero dicho cruce es un hecho sin importancia, para el segundo da lugar a una sed de venganza por el orgullo herido que lo lleva a realizar actos descabellados. Después de veinte años la vida los pone accidentalmente frente a frente, esto es lo que sostiene el armazón narrativo de la novela.
En el marco de esas identidades desestabilizadas el léxico también tiene su lugar, y su versión del mito de origen. Más allá de las palabras de la jerga de la represión en la Argentina, vocablos tales como chupado o desaparecido tienen una clara pertenencia a este ámbito, surgen en el texto otras donde las variantes de los apellidos tiene su contraparte. Al casi préstamo del italiano que se lee detrás del verbo crepar, con que alude a la acción de morir Gloria citando palabras de Korda, le sigue el vocablo cana, sobre el que existe una discusión etimológica: algunos hablan de un galicismo, tratando de hacerlo derivar de canne, bastón en francés, otros en cambio lo señalan como un italianismo que proviene de metere in cana “encarcelar” o del verbo incanare “atraillar los perros”, aunque también exista quien lo vea como un derivado del véneto jergal incaenare “encadenar”. Otro claro ejemplo de incertidumbre etimológica es el ayer lunfardismo y hoy perteneciente al lenguaje familiar mina. A la clásica interpretación que ve a la mujer como una mina de oro para el rufián, le sale al cruce la variante que la hace derivar del jergalismo italiano minna, “mujer” o miniera, figuradamente “prostituta o joven bella”, que tiene otro recorrido para aquellos que la piensan como un lusitanismo o brasilerismo por contracción de menina. En este sentido es interesante rescatar la frase tomarse el raje, en donde raje como “huida” deriva del verbo rajar como “huir”, derivado del argotismo español najar del mismo significado. Con lo que parece que este muestreo de palabras representativas argentinas de procedencias diversas e inciertas enunciadas por un ex represor, heredero de la tradición inmigratoria eslava y que parece tener un vínculo incierto con un magnate de apellido catalán, son una de las formas de lo emblemático de nuestro país, originadas en el lenguaje italiano, en su versión prestigiosa o jergal, en algunos galicismos, lusitanismos o argotismos españoles. Quien en definitiva esgrime estas palabras es alguien como Mirco Korda, que resulta familiar cuando se lo inscribe en la historia nacional de la Argentina reciente y cuya locura es producida, paradójicamente, por un exceso de memoria.
La aparición de jergalismos y voces dialectales que vemos en el origen etimológico de los vocablos de este texto, se contradice con el recupero de la lengua italiana en términos de prestigio internacional operístico que lleva a cabo Ponce. El conocimiento obturador de las palabras de las clases subalternas que se enmarcaba en esa dinámica del traducir en El intérprete, en donde el narrador que manipulaba la lengua exhibía su manejo lingüístico de la ciudad, deja paso aquí a una estrategia en donde lo representativo del lenguaje argentino habita una dimensión diferente. En ella el español es, entre otras cosas, la posibilidad de explicitar una de sus variedades, sus vertientes y su historia plural.
A diferencia de la novela de Ponce la inestabilidad del origen genera una versión de lo nacional que no es, en clave lingüística, un puerto de llegada, la acción de traducir sólo está en el relato de Sampayo en tres voces, heladera es “nevera”, pileta es “lavabo” y birome es “bolígrafo”, pero todas ellas expuestas al rápido proceso de la sinonimia dentro del marco de las variedades del español. En cambio, el narrador bilingüe de Ponce traduce y hace de la lengua una forma hospitalaria donde las voces de los otros se dejan ver sólo mediatizadamente, los límites son el prestigio de lo nacional o el pertenecer ya a la cultura de la humanidad que sirve como ornamento cosmopolita. En El intérprete la ficción tiene la forma temporal de una visita, después de que termina hay que volver a los lugares que se solía frecuentar y reconocerlos, en este caso el sitio al cual se retorna es la ciudad. En El lado salvaje de la vida lo que acontece está mucho más ligado a un encuentro entre comunidades. Sampayo recorta, de un mundo donde la extranjería es habitual, un ámbito de pertenencia, sus herramientas para hacerlo son los apellidos, la memoria cultural, traumática o no, y las palabras. Los argentinos habitan ese espacio narrativo y, aunque sus identidades no sean otra cosa que marcas desestabilizadas, su aparición ficcional remite a cierta pertenencia donde lo familiar y lo nacional se cruzan. En el fondo de dichas marcas está la historia de una vieja globalización, la de la consolidación de Buenos Aires y su lenguaje como un espacio abierto al mundo y a los hombres de todas las latitudes, algo que aconteció sobre todo entre el último tercio del siglo XIX y las primeros décadas del siglo XX en la Atenas del Plata.
En Ponce un porteño nos narra un cruce binacional, eso sirve para que la lengua deje de ser pura naturalidad y reconozca, haciendo uso de un imaginario histórico de la Buenos Aires babélica y multicultural, el trabajo que hay detrás de ella cuando alguien nos visita o estamos lejos y pretendemos reconstruirla. En Sampayo las identidades argentinas se vinculan a un nuevo espacio desde una pertenencia frágil hecha de trozos e índices del pasado, sólo un atisbo de lo trasnacional que reclama a los sujetos para el presente y su diálogo de reinvención constante.
Esta literatura rescata y reformula, ficcionalizando el descentramiento de quienes viven fuera ajustando sus palabras, la sensación de extranjería, algo que nos permite no sólo experimentar la artesanal pasión por el lenguaje, que está en el fondo de muchas poéticas, sino también adueñarse de él en clave de prácticas culturales que renueven las formas de pertenencia. Tal vez en esta idea de instrumentalidad lingüística radique una primera parte de la tarea a la que esta literatura se está aventurando: entender, traducir y dejar de temer a lo global cuando se viene desde comarcas tan australes.